La última foto de la cúpula de Iberdrola la ha tomado Ignacio Sánchez Galán con una decisión tan elocuente como incómoda: en el nuevo organigrama anunciado por el presidente, la comunicación ha desaparecido como área con identidad propia, un movimiento que no es menor en una compañía donde el relato corporativo ha sido siempre una pieza de poder, y donde la lectura interna es inequívoca: quien controla el gabinete controla también buena parte del mensaje.
En ese contexto, la figura de José Luis Fernández Peña, alias Chunda, queda muy desdibujada. El veterano periodista, que llegó a la compañía eléctrica en 2021 como director de Comunicación de la mano de Antonio Carmona, aterrizó con un perfil político e institucional muy marcado, procedente del entorno del exministro José Bono. Su nombramiento se vendió entonces como una apuesta por reforzar la interlocución pública de la compañía, pero el paso del tiempo ha ido vaciando de contenido aquel relato inicial.
La evolución del organigrama explica parte de esa pérdida de peso; y es que la comunicación no aparece hoy como una dirección con autonomía visible, sino absorbida en una arquitectura donde el centro de gravedad se concentra en Presidencia y en el Gabinete + Dirección Corporativa, lo que en la práctica ha venido a reforzar la idea de que los asuntos sensibles, la relación con los medios y la construcción del mensaje pasan más por el jefe de gabinete del presidente, Juan Pardo de Santayana, que por el dircom formal de la compañía. Además, parece que al máximo directivo para España, Mario Ruiz Tagle, también parece gustarle mucho esto de la comunicación, con lo que el papel de Chunda queda bastante diluido.
El caso de Fernández Peña es ilustrativo de cómo funciona el poder en grandes corporaciones altamente presidencialistas. Se le fichó por su experiencia, por sus contactos y por su capacidad de interlocución política, pero la organización ha ido estrechando su margen de maniobra hasta convertirlo en una figura cada vez menos visible. El resultado es que en una empresa donde la estrategia de comunicación se decide muy arriba, el cargo puede mantenerse, pero la influencia real no.
La llegada de Carmona fue decisiva en ese desembarco y también en la lectura que acompañó al nombramiento. La operación se interpretó como un movimiento de confianza dentro del perímetro presidencial, más que como una apuesta por una dirección de comunicación autónoma. Una vez cambiado el contexto y reordenada la estructura interna, el peso específico de “Chunda” ha ido menguando al mismo ritmo que se reforzaba la centralización del mensaje.
No es la primera vez que Iberdrola reordena sus piezas para adaptarlas a las prioridades del momento, pero en esta ocasión, el símbolo es especialmente nítido: borrar la comunicación del organigrama equivale a reducir su visibilidad y, con ella, su capacidad para actuar como centro de poder. Y a nadie se le escapa que en una empresa sometida a una exposición pública permanente, ese gesto dice mucho más que cualquier nota interna.
Con todo, el contraste es llamativo: Fernández Peña conserva el respaldo de una consultora con contrato en la compañía, pero su proyección orgánica parece cada vez más limitada. En términos de cultura corporativa, el mensaje que deja la secuencia es claro: Iberdrola mantiene la comunicación, pero ya no la reconoce como un territorio propio de influencia, sino como una función subordinada al eje presidencial.
Y ahí reside la clave del caso, ya que Chunda no ha perdido solo visibilidad, sino que ha perdido, sobre todo, capacidad de gravitación en el centro del poder... y lo que en 2021 se presentó como un fichaje estratégico, hoy se parece más a una posición de retaguardia en una estructura donde la palabra más importante ya no la firma la comunicación, sino el despacho de al lado del presidente.

